METAMORPHŌSIS

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Susana esperaba paciente a que aquel insecto saliera de su nariz. Hasta ese momento nadie, aparte del artesano que la había creado, había escarbado tan hondo en su interior. Lo que era sumamente incómodo. A nadie le gusta que irrumpan de esa manera tan descarada en sus entrañas.

Lo había notado cuando ya estaba dentro, despertándola de su letargo. Sabía que tarde o temprano se cansaría de subir y se marcharía, como tantos otros. Pero le hacía tantas cosquillas que no consiguió volver a conciliar el sueño. Eran unas cosquillas tan inocentes e irresistibles como la primera risa de un bebé y, aunque nunca antes lo había hecho, soltó una rotunda carcajada. Su eco se multiplicó por entre los árboles y las piedras del lugar. Escuchar su propia voz le resultó tan extraño que pensó que aquello no había estado bien. Podría estar quebrantando alguna ley.

Así que decidió obligarlo a salir. Cogió todo el aire que pudo reunir en sus rígidos pulmones y lo soltó de golpe, provocando un pequeño tornado que alborotó las hojas que se amontonaban a sus pies.

—¡Eh, que me caigo! —Protestó el insecto. Su voz era joven y alegre.

—Fuera de mi nariz el mundo es mucho más confortable —Le dijo ella de manera neutral. Aunque su rostro era el de una mujer rota por el dolor, era incapaz de sentir enfado, tristeza o felicidad.

—El mundo ahí fuera es maravilloso —corroboró él —. La hierba es de color verde, el cielo es azul, la flor del cerezo blanca…

Susana miró extrañada a su alrededor. Allí todo eran grises. De distintas tonalidades, pero gris, al fin y al cabo. Gris en las piedras, gris en el musgo sobre los árboles, gris en los rostros de la gente que iba y venía. Nubes grises sobre su cabeza. Gris en su piel y en sus ropajes.

El insecto, henchido de emoción, continuó hablando.

—… Los jilgueros se acurrucan en sus cálidos nidos de plumón, los niños corretean detrás de las cometas, los amantes se besan escondidos bajo las buganvillas…

Las imágenes que se proyectaban en la mente de Susana la confundieron más todavía. Su mundo, el único que conocía, eran lágrimas, arrepentimientos y corazones rotos.

—Si es verdad que es tan bonito ¿por qué te quedas conmigo?

El insecto bostezó y contestó:

—Tengo tanto sueño… cuando despierte te lo cuento.

—No, por favor, no te duermas ahora. Cuéntame más cosas —Insistió ella. Pero el insecto se había quedado muy quieto y muy callado.

 

Entonces no le quedó más remedio que esperar. Y mientras esperaba se imaginaba cómo sería el mundo más allá de los muros. El sol se puso esa noche muy despacio, bañando a Susana de reflejos dorados que se estiraban melancólicos hacia el horizonte. Parecía no querer abandonarla. Quizá porque sabía que cuando volviera a visitarla ya no sería la misma. Por el contrario, la luna salió gloriosa, resplandeciente, testigo en primera línea de aquel extraño suceso.

Pero el alba llegó y el insecto no se movía. Y luego volvió la luna. Y volvió el sol. Y aquel mágico vaivén entre el día y la noche se volvió interminable. Susana perdió la esperanza. La certeza de que aquel amigo había muerto apuñaló su corazón. Y se puso triste, muy triste. Por primera vez, su rostro inerte encajaba con sus entrañas. Al contrario de cuando se rio por primera vez, ahora hubiera querido quebrantar todas las leyes para poder llorar.

 

El día que dejó de esperar sintió un cosquilleo en la nariz. Una cabecita se asomó, olfateó la brisa de la mañana, y saludó:

—¡Hola de nuevo!

—Insecto, ¿eres tú? —Susana apenas creía lo que veía. Un sentimiento nuevo comenzó a aflorar en su pecho. Era fuerte y generoso, y pronto se irradió hasta la última pluma de sus alas. —Insecto, ¿me desvelarás ahora los secretos de la vida?

—Espera y verás —le dijo él. Con cierto trabajo salió por fin de su nariz. Estiró las patitas y se desperezó. Pegó un salto al vacío y, ante los ojos de Susana, reveló sus alas recién creadas en una explosión de color que se alejaba dando piruetas.

Sin duda era lo más maravilloso que había contemplado nunca.

Susana notó entonces cómo unas gotas rodaban por su mejilla. Enormes lagrimones mojaban su eterno rostro de piedra. Había quebrantado por fin todas las leyes. Y no le importó. Se sentía tan feliz que no le preocupó ser la primera estatua funeraria con sentimientos de carne y hueso.

EL MENTIROSO

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—Perdóneme Padre, porque he pecado.

Don Anselmo se sacudió nervioso el barro que tenía en la suela de los zapatos. A través de la rejilla pudo reconocer la voz de Tomás, su seminarista modélico.

—Te escucho, hijo.

Al otro lado, el muchacho recorrió la raya de su pantalón con el dedo índice antes de contestar.

—He mentido.

—Entiendo.

—Dije que el domingo iba a ver a la abuela.

—¿Y no fue así?

Tomás no pudo evitar mirar el diccionario de latín que tenía en el regazo. Acarició el marcapáginas que sobresalía. Una sonrisa iluminó su rostro. Pero enseguida, con férrea voluntad, la transformó en un rictus serio.

—No.

—¿Y dónde has estado, Tomás?

Abrió el libro y sacó el marcapáginas. Era una entrada de cine.

—Fui a ver una película.

—…Con Amaro, me imagino.

Tomás se puso colorado. Don Anselmo movía con desaprobación la cabeza de un lado a otro.

—Tomás, sabes que Amaro es como un hijo para mí. No puedo quererlo más. Sin embargo, creo que es tu piedra en el camino. Él solo llegará a ser párroco en una iglesia remota. Tú, sin embargo, tienes cualidades de obispo. —Se contuvo de añadir: «Podrías llegar a Papa. Un Papa que yo habré modelado con mis propias manos».

El muchacho pudo ver en el libro abierto una de las palabras que Amaro le había subrayado: penis. «Objeto de deseo para muchos, causa de pecado para nosotros», había declamado con seriedad desde el púlpito para morir de risa, instantes después, al oír ruidos en la sacristía.

—¿Tomás?

—¿Sí, señor?

—Te he preguntado si tienes otro pecado que confesar. Tengo prisa; la policía quiere hablar conmigo

Don Anselmo tamborileaba sus dedos con impaciencia en algún lugar de la madera. Tomás cogió aire y se lanzó:

—Padre, le he sido infiel a Dios.

Don Anselmo detuvo sus dedos. Los dejó inmóviles en el aire. Parecía que su corazón también se hubiera parado. Ante el silencio del párroco, el muchacho continuó:

—Ya no le amo como amo a Amaro. —El corazón de Don Anselmo volvió a la marcha de un golpe súbito— Creo que lo mejor será dejar el seminario e irme con él.

El párroco necesitaba volver a la vida. Reconducir la situación. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la sotana y secó el sudor de su frente. Un buen director espiritual tenía que estar impecable para reconducir a sus ovejas perdidas. ¡Y la maldita tierra de sus zapatos estaba dejando perdido el suelo del confesionario!

—Hijo mío. El amor al prójimo no es pecado. Es un don que Dios te ha dado. Dudar es parte de la naturaleza humana. Pero hazme caso y sé fuerte. Serás un gran siervo del Señor.

Tomás no escuchaba. En su recuerdo aún emergía Amaro, sosteniendo el diccionario de latín con una mano y un lápiz en la otra, desnudo, con su penis hipnotizándole como un péndulo de feriante. Aquel día casi les pillan en su escondite.

Don Anselmo hizo una pausa en su discurso. Besó la cruz que tenía colgada del cuello e imploró perdón elevando los ojos al cielo. Si quería salir de ésta tendría que sacar la artillería pesada.

—Además, Amaro ya ha tomado su camino. Se ha fugado con la hija del médico. Me ha dejado una carta despidiéndose.

Tomás se incorporó de súbito. Su perfecto flequillo se escapó de detrás de la oreja.

—¡No puede ser verdad! Es…imposible.

—Oh, no te apenes, querido Tomás. Seguro que donde quiera que esté es más feliz que estando encerrado entre estas cuatro paredes. No es un secreto que Amaro se sentía encarcelado. Ser seminarista era para él una opción segura. Pero estarás conmigo en que la hija de un médico le dará una vida más fructífera y… apasionada. Justo lo que él necesita. —Tomás dejó caer el libro. —Lo mejor que podemos hacer es rezar por él.

 

En ese momento, una pareja uniformada entró en la iglesia. La luz del sol se abrió paso entre la fila de bancos. Don Anselmo le dio las últimas instrucciones a su mejor seminarista y salió del confesionario. Guardó su pañuelo y sacó la carta de Amaro.

Junto a ella un trozo de tela negro caía al suelo.

Era el antifaz con el que había ocultado su rostro mientras, con una pala, apretaba la tierra sobre el cuerpo de Amaro. Su hijo, su oveja descarriada, su encarnación del pecado y su mayor obstáculo para entrar, de una vez por todas, por la puerta grande del Vaticano.

SIMON

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Si estás leyendo esto significa que eres el único superviviente y que necesitas conocer el Gran Secreto. Por fin sabrás quién eres. Si mis cálculos son correctos, ahora mismo estarás debajo de la escalera que lleva al desván, o lo que queda de ella. A través de los cristales rotos de la vidriera puedes ver los primeros rayos de sol de la mañana. Son de un naranja intenso y apenas calientan pero qué gratificante es sentirlos de nuevo en la cara, ¿verdad?

Los últimos doce habitantes ya no estamos. Has pasado tu primera noche completamente solo y ahora no sabes si comerte la última ración de los víveres que nos dejó la viuda Douglas antes de morir: una hogaza de pan y un frasco de miel. Te rascas una oreja cuando piensas en ella. Siempre lo haces cuando estás nervioso. Pero hazme caso y no vayas a verla una vez más por muchas tentaciones que te entren. Sabes que su cadáver no es agradable. Ahora mismo los gusanos corroen su dulce cara y sabes que esa imagen te hará vomitar.

Al desván ya no puedes subir, hace mucho que se rompió la escalera. Era muy vieja y su madera no resistió la humedad y las polillas. Aunque la viuda Douglas hacía mucho tiempo que no podía subir a causa de la artritis que carcomía sus huesos. Fue cuando decidió dejarnos los víveres en este hueco tan confortable en el que te encuentras ahora.

Así que lo mejor es que bajes. Junto a la entrada, dos pisos más abajo, aún queda un trozo de espejo en el que te puedes mirar.

Sabes que tienes que andar con cuidado por la casa. La viuda Douglas por fin llegó a la planta baja en su búsqueda de la fortuna del Señor Douglas. Te encontrarás con los agujeros en las paredes por donde entra este frío de invierno, las tuberías arrancadas, los muebles hechos añicos. El dinero estaba escondido por cualquier sitio.

Aún puedes escucharla diciéndote eso de «solo me faltan un par de dólares para el té de esta tarde. Al senador y a su esposa les encantan las pastas con fruta escarchada». Ella, mientras tanto, martilleaba con maestría sobre el cuadro de la cacería para llegar a la pared.

Ahora la casa está toda desmantelada, como su vida social. A última hora sólo pasaban por allí el empleado de correos y el lechero. Ella salía a recibirlos con una media rota y la otra caída hasta el tobillo. Se limpiaba las manos en su mandil para saludarles aunque sólo consiguiera ensuciárselas más. Y ellos contemplaban esas manos negras y el nido de cuervos en el que se había convertido su peinado y retrocedían cautelosos mientras se despedían cortésmente con palabras a medio pronunciar.

Ella nos enseña a leer y a escribir. La paciencia es una de sus mayores virtudes. Después de cenar la acompañábamos a la biblioteca y nos arremolinábamos a su alrededor. Al contrario que a mucha gente, le encantaba que fisgoneáramos el periódico por encima de su hombro. Nos cuidaba como si fuéramos sus hijos. Llegamos a ser tantos que a todas horas se podían oír a los más pequeños correteando por toda la casa. “Mis niños clandestinos”, nos decía.

Fuimos como un regalo para ella porque nos descubrió justo cuando pasó de ser la Señora Douglas a la Viuda Douglas. Te sorprendió husmeando en la cocina. Te persiguió con un martillo en la mano. Tú te refugiaste tras la columna del salón. Ella erró su tiro e hizo un escandaloso boquete en el mármol. Descubrió que estaba hueca, que dentro había un fajo de billetes bien apretados, que estaba salvada de la bancarrota. Entonces te convirtió en su talismán. Te acomodó en el desván, donde nadie podría descubrirnos. Nadie podría entender la extraña alianza que formamos. Ella te llamaba Simon y tú la llamabas Debbie.

Ahora que estás por fin frente al espejo hazme caso y mírate. Dime que ves. ¿Un cuerpo rechoncho, una mirada vivaracha? Sin duda no estás hecho para bailar un tango. Sigue mirando. ¿Orejas grandes, bigote y rabo?

Exacto. Tío Simon, ya ves que eres un pequeño roedor. Y no estás solo. Sal de la mansión Douglas y vente con nosotros. Estaremos encantados de recibirte.

UNA REVELACIÓN INESPERADA

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Se giró al escuchar el grito y le entró un miedo que le apretujó el corazón como si fuera una bolsa de patatas fritas vacía a la que había que tirar a la basura.


Todo había ocurrido muy deprisa y, sin embargo, el tiempo parecía haberse detenido. Sus manos aún agarraban los pechos de la mujer que tenía a su izquierda y el sudor perlaba su frente por el esfuerzo y la expectación. Era una pelirroja imponente, de pecas hasta en los muslos y boca jadeante. Cada vez que le daba un pellizco en sus rosáceos pezones se mordía los labios con la precisión de una actriz porno. Además manejaba con maestría las manos hundiendo sus dedos en zonas oscuras que Mario acababa de descubrir.


La había conocido esa misma noche, en aquel tugurio oscuro de gruesos cortinones en las ventanas al que había acudido por recomendación de Candela.

–Allí encontrarás lo que buscas -le había dicho.

Y ciertamente así había sido. Un par de rondas y algo de bachata caliente habían obrado el milagro. En menos de media hora una habitación reservada solo para ellos ardía con las llamas del sexo más atrevido.


Mario era un novato en estos mundos, pero Candela era toda una experta. Y qué mejor que aprender con tu mejor amiga, la que no te traicionaría nunca, aquella que sólo desea tu felicidad.


Había conocido a Candela en los tiempo en los que sólo se preocupaban de sacar un cinco pelado para poder salir de borrachera al sábado siguiente. Y de aquello hacia ya unos cuantos años.

Ella era su ángel de pelo negro, de piel traslúcida y mirada fanfarrona. Para ser más exactos, su ángel de la guarda. Y es que ella le había pasado las chuletas de química por debajo de la mesa, le había llevado al hospital en todos y cada uno de sus comas etílicos, se había hecho pasar por su novia para librarse de las chicas plastas que lo querían cazar y le había aliviado los momentos de soledad como ninguna amiga lo habría hecho jamás.

Una gata salvaje, cariñosa al atardecer, huidiza por la mañana.


Y ahora allí estaban los dos. Desnudos, pegados a los restos de ginebra que dejaba cada beso, envueltos en los remolinos de humo de los cigarros prohibidos que de cuando en cuando se apresuraban a degustar.

A un lado la pelirroja, al otro Candela, y en medio sólo él.

Y Candela gritando, con ese timbre que tantas veces él mismo había tocado. Tan reconocible y a la vez tan lejano. Mario siempre supo que podía causarle más placer que ningún hombre pero que eso no la hacia mas suya. Y nunca le importó.

Pero si eso era verdad por qué sentía tanto miedo. Quizá porque sabía que el grito de Candela era irresistible para él y que entonces aquella primera incursión en el mundo de los tríos terminaría pronto.

Quizá.


En aquel preciso momento todo ocurrió a cámara lenta. Sus ojos se concentraron en una Candela retorciéndose entre sus propias manos, sin ayuda de nadie. El mundo se difumino a su alrededor. Parecía que sólo existieran ellos dos. La busco con urgencia y de un solo golpe la subió a horcajadas sobre su pubis erecto. No hizo falta moverla más. De inmediato el latido de su corazón se puso a golpear contra sus sienes, contra su pecho, contra su ingle. Bombeó un millón de impulsos eléctricos que recorrieron su cuerpo erizando hasta los pulgares de sus pies. Y entonces su existencia se paralizó en una eternidad ingrávida donde sólo estaban ellos dos. Ni siquiera sus cuerpos eran tangibles ahora. Se habían convertido en esencia, en pura energía.

Nunca antes un orgasmo había sido tan especial.


Y al fin, cuando el mundo volvió al girar con ellos dentro, y la magia hubo desaparecido de los ojos de Candela, Mario sintió de nuevo aquel miedo atroz, aquel que le aplastaba el corazón como si fuera una bolsa de patatas fritas crujiente y fría que hubiera que tirar a la basura. El mismo terror que no dejaba salir las únicas palabras que no había pronunciado nunca.

Entonces Candela, su ángel de la guarda, acudió de nuevo para salvarle.


–Yo también te quiero –le susurró al oído.

LA ÚLTIMA PIEZA

Participante del Concurso de Cuentos de Navidad de Zendalibros

Los americanos siempre aseguran en sus películas que en estas fechas ocurre el milagro de la Navidad. ¡A la mierda con ellos, este maldito puzzle es imposible! Tiene piezas que no encajan en ningún sitio. En buena hora se me ocurrió abrir el regalo de mi suegra, la obsesa de las fotos de familia y los regalos originales. Es curioso, si no fuera porque Nico sale sin los paletos no sabría adivinar de qué año es. En esas fiestas el niño estaba muy contento. Tendría un completo: Papá Noel, los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez.


Lo cierto es que cada vez que levanto la cabeza de la imagen del puzzle a la que tengo delante de las narices me sobreviene un déjà vu mortificante. Mismo mantel con hojas de acebo y sus bolitas rojas, la vajilla cartujana de las ocasiones especiales, candelabros que solo sirven para quitarlos en cuanto empezamos a colocar las fuentes con los langostinos… Luego vendrán los abuelos a decirnos que es una pena que ya no se canten villancicos con los vecinos; mi madre que si sólo voy a comer eso, y mi mujer que no coma tanto, que luego no lo bajo; mi suegro que con unas patatas fritas, un huevo y un chorizo era suficiente cena mientras se mete a paladas en la boca todo lo que le cabe de una sola vez.


Algo va mal. Lo extraño de todo esto es que las piezas que no encajan son las mías. Son tan oscuras y anodinas que no soy capaz de encontrarles su sitio. ¿Quién me mandaría a mí vestir siempre con camisa negra? Eva, sin embargo, está tan guapa como entonces, con su vestido de flores multicolores. Mírala con qué gracia contonea las caderas mientras pone las servilletas. Aún se mira al espejo de reojo para comprobar que no necesita retocar el rojo de sus labios. Aunque no me había fijado que hoy está particularmente seductora. Me levantaría ahora mismo si no fuera que estoy cansado. La estrecharía entre mis brazos si no fuera porque estoy muy gordo y me siento torpe. Le robaría un beso tras la oreja si no fuera que no me apetece levantarme.


Por eso no voy a moverme ahora que han picado a la puerta. Prefiero quedarme aquí, encajando piezas.


Menos mal que Eva ha ido a abrir porque así no se entera de que me está wasapeando Ruth, mi compañera de trabajo. Esta mujer me está tentando desde que descubrió que yo era su amigo invisible, el que le regaló en la última fiesta corporativa aquel picardías de seda negro. Sabe que es mi color favorito. Eva cuchichea entre risas amortiguadas mientras me descargo el archivo adjunto que no tarda en descubrirme a una Ruth estrenando su regalo. Si no fuera porque es Nochebuena me levantaría y me iría a quitárselo con mis propias manos. Si no fuera porque estoy casado dejaría a mi mujer para irme con ella. Si no fuera porque estoy tan a gusto en este sofá me levantaría. Juro que lo haría.


En el tiempo que llevo pensando ya he colocado dos piezas más. No está mal. Parece que todo está encajando al fin.


Eva cierra la puerta y vuelve contoneándose más si cabe retocando la pulcritud de su vestido. Saca el pintalabios de entre su escote y se dispone a aplicarlo, ahora mismo lo tiene todo corrido. Ella no sabe que me he dado cuenta, así que se apresura frente al espejo a limpiarse con un pañuelo que moja con la punta de su lengua.


–¿Quién era? –le pregunto. Me gusta ponerla contra la cuerdas. Noto cómo le sube un rojo nervioso a las mejillas.

–La vecina, que me ha traído unos turrones caseros.

–¿Y se los ha vuelto a llevar?


Cuando estás casado durante largos años no hace falta discutir para descubrir la verdad. Sólo un tonto seguiría preguntando. Un tonto bastante desesperado que buscaría en cada respuesta un final diferente. Pero yo no soy de esos, sólo soy el tipo al que le falta la última maldita pieza y no la encuentra por ningún lado.

Pienso unos segundos intentando respirar con calma. Eva estuvo barriendo hace unos minutos así que ya sé dónde puede estar.


Aunque no quiera me levanto y salgo de casa cerrando la puerta tras de mí. Encuentro la bolsa de la basura apoyada contra la pared a la espera de un alma caritativa que la baje a la calle. La abro y no me hace falta buscar mucho. Allí está, la última pieza. Es oscura y anodina pero puedo ver un botón brillando por el flash de la cámara. Pico a la puerta a pesar de que tengo las llaves en el bolsillo. Eva me abre y su cara es de triunfo, se le da mal disimular. Paso por delante de ella con mi torpeza habitual, aunque reconozco que parezco un niño dando sus primeros pasos.

–Sólo voy a dejar una cosa bien clara –le digo y me acerco al rompecabezas para poner con enorme satisfacción esa última pieza.

Luego, vuelvo sobre mis pasos y salgo de mi vida dejando a una Eva con expresión incrédula que no sabe si cerrar la puerta o dejarla abierta.

GASTADOS POR LOS BESOS

Publicado en Literautas

Paquita, como me obliga a llamarla desde hace unos meses, se retocó coqueta el moño. Sus manos imprecisas recogieron un mechón de pelo y lo devolvieron a su sitio con la ayuda de una horquilla.
–Y al fin, en un océano de irremediables huesos –recitaba con aire soñador–, tu corazón y el mío naufragarán, quedando una mujer y un hombre gastados por los besos.
–¡Tienes todo un poeta por novio! –exclamé con admiración.
Paquita asintió sin decir nada. Sus ojos claros irradiaban la inocencia del primer amor.
–En realidad creo que lo escribió Miguel Hernández –aclaró en tono confidente con el dedo índice sobre sus labios pidiendo complicidad.
Con unos delicados pasos de ballet se acercó a su cama. La vieja maleta aún estaba abierta. Metió su cajita azul para los dientes y la cerró.
–¿Guardaste el sobre con el dinero? –le pregunté.
Paquita se acercó con aire misterioso, a punto de echarse a reír.
–Lo he escondido aquí. –Y metió la mano en su generoso escote para enseñarme la esquina de un billete de cincuenta–. No creo que la bruja de Mercedes se atreva a registrarme por esta zona.
–¡Oh, vamos, sólo se preocupa por ti!
–¿Que se preocupa por mí? –Paquita, de repente, se enfadó conmigo–. ¿Sabes que le ha dicho al doctor que estoy loca? Me persigue a todas partes con su bote de pastillas hasta que me las hace tragar. ¡Me manda a la cama a las nueve en punto! Y si se entera de mi amor con Pedro seguro que me prohíbe también ir al colegio. Si ella supiera lo que ocurre nada más montar en el autocar… –Una sonrisa picarona se deslizó por la comisura de sus labios.
–¿Y qué vais a hacer cuando os escapéis del campamento?
–Escribirle una carta a Mercedes enviándole recuerdos –contestó desabrida.

De repente, alguien picó con los nudillos a la puerta y antes de que pudiéramos preguntar, Mercedes irrumpió en el cuarto con la nariz erguida de quien busca el aroma de un vicio clandestino. Se quedó unos instantes en silencio, con el ceño fruncido, manteniendo tensa una goma imaginaria antes de decidirse a aflojarla o a lanzarla contra nosotras. Paseó inquisidora su mirada por la habitación hasta que reparó en la maleta. La sangre empezó a latir fuerte en mis sienes y tragué saliva. Paquita, por el contrario, sostenía su mirada con aplomo, desafiándola hasta con cada pestañeo.
–¿Ya has terminado?
–¡Por supuesto que sí! –contestó Paquita, esbozando una sonrisa que no pudo evitar.
–No pensé que fueras a estar tan contenta –dijo entonces Mercedes más como reflexión hecha hacia sí misma que como una incitación a la discusión. Por un momento sus ojos parecieron empañarse con una tristeza indescriptible–. La cena está lista –anunció por fin y cerró la puerta. A medida que sus pasos se alejaban también lo hacía la tensión.
–Si se cree que me voy a comer su brócoli va lista –susurró entonces Paquita y las dos estallamos en una amortiguada carcajada. Me levanté de mi asiento y me alisé el vestido con las manos.
–Habrá que bajar ya –concluí, y abrí la puerta.
–Voy enseguida –me indicó Paquita y vi que aplicaba un poco de colorete en una brocha.
«¡Qué mujer!», pensé para mis adentros al tiempo que sentí a Mercedes galopar por la casa mientras gritaba:
–¿¡Papa!? ¿¡Papá!? ¡Demonios de hombre! ¿Dónde se habrá metido ahora? En esta casa estáis todos decididos a ingresarme en un manicomio.
En ese momento, unos pequeños golpeteos contra los cristales hicieron que Paquita dejara caer la brocha y se abalanzara contra la ventana. La abrió con avidez y se asomó. Al cabo de unos instantes se giró extrañada hacia mí. Sus ojos, ahora sin brillo, volvían a estar grises y cansados.
–Paula, cariño, creo que tu abuelo ha perdido la cabeza. ¿No me está diciendo que nos fuguemos como cuando éramos jóvenes?

EL DOBLE

Publicado en Literautas

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte…Lo malo es cuando descubres que en realidad el doble eres tú.

Eso fue lo que me confesó mi propio reflejo la noche del sábado pasado cuando, tambaleándome y muerta de la risa, intentaba desmaquillarme el carísimo rímel con el que me había ligado a un par de tíos buenos. Aunque solo tenía a uno de los dos, al rubio, esperándome en la cama.
Ella me miraba muy seria. Esos enormes ojos color miel parecían esconder un gran secreto, aquel que estaba a punto de ser desvelado.
–No quiero ser tu doble. Necesito vivir mi propia vida. No quiero estar atada a la tuya.
–¿Acaso me estás diciendo que mi vida es una mierda? –le contesté un poco ofendida.
–A mí no me gusta.
–Pues, chica, ya me dirás qué tiene de malo. Estás buenísima, aún no has cumplido los treinta, puedes comer todo lo que quieras sin engordar…Y con “comer todo lo que quieras”, ya sabes a lo que me refiero… –Y le guiñé un ojo. Ella no río como yo esperaba, se limitó a suspirar lánguidamente y a poner ojillos de cachorro. ¡La muy tonta se me había enamorado!.
–Necesito tu ayuda. –Comenzó a pedir.
–¿Ayuda? –Aquello no me gustaba nada. Aún tenía ojos de panda pero comencé a alejarme del espejo.
–Por favor, ayúdame a salir de aquí.
–¡Ni hablar! –le grité–. Sin tí no sería más que un vampiro. Moriría si no puedo verme en un espejo.
Ella se puso muy seria antes de reprocharme:
–Al menos morirías.
Me alejé de allí tan rápido como pude. Lo mejor sería hundir mi nariz en aquellos vigorosos pectorales que me esperaban y olvidarme de aquella horrible mujer.

Los próximos días me los pasé mirándome en todos los espejos que me encontraba. Estando sobria ella no podía hablarme, así que si la mantenía ocupada imitando todos mis gestos y mis movimientos no tendría tiempo de elaborar algún plan para deshacerse de mí.
Pero también me preguntaba de quién narices se había enamorado. Últimamente mi lista de amantes se estaba haciendo muy larga. A algunos los recordaba vagamente por el olor de su perfume o el tamaño de sus pies. Pero ninguno había dejado semejante huella. Al menos para mí…

Pero hoy es sábado de nuevo y estoy lista para ir de cacería. No quiero seguir pensando en ella.
Mi amiga ha encontrado un garito nuevo al que acuden los jugadores del Real Madrid. Hoy mi vestido es más ceñido y mis botas más altas.
Bajamos por las escaleras y nos dan la bienvenida un número infinito de espejos que nos rodean por todos los ángulos. Las luces y la gente bailando se reflejan de manera tan vertiginosa que creo que me están empezando a marear. Aunque igual es el Martini que nos tomamos durante la cena.
Comienzo a bailar y parece que todos aquellos espejos se ponen a dar vueltas. Y allí está ella, sonriendo con descaro al camarero del sombrero de cowboy. ¡Dios mio! ¿ese es?. El tío es tan feo que me están entrando náuseas. Náuseas de verdad. Tendré que ir al baño. Enseguida.

–¡Hola! –Me saluda muy sonriente en cuanto nos quedamos a solas–. ¿Sabes? Ya no me haces falta. He averiguado cómo librarme de ti.
La risa que de repente sale de mi pecho es una carcajada franca, llena de razón.
–¿Tú? ¿Sola? No me hagas reir.
–Aquí hay mucha gente borracha. Así que puedes creerme cuando te digo que he conseguido reclutar a un pequeño ejército.
Otra vez una risa incontenible rebota por las paredes de aquel baño.
–¡Qué ilusa! –Le suelto.
De manera decidida salgo del baño, cojo una silla de los reservados y comienzo a romper cristales. Yo veo como ella salta de uno a otro, huyendo. La música se para, y la gente empieza a arremolinarse a mi alrededor. He de darme prisa. Uno tras otro van sucumbiendo. El camarero del sombrero de cowboy se acerca a detenerme. Qué bien, justo me tapa el último que me queda. Él cada vez está más cerca, me puedo ver reflejada en sus pupilas.

Entonces el terror comienza a recorrerme la espalda.

Los dobles se miran largamente, satisfechos por haberse encontrado. Tiran de nosotros. No sé de dónde sacan tanta fuerza. Nos acercan hasta dejarnos tan pegados que no cabría una hoja de papel entre los dos.

Y yo, sabiéndome perdedora, me deslizo hacia el otro lado mientras ellos dos comienzan a besarse.