BORRÓN Y CUENTA NUEVA

El escritor encendió la cerilla y la sujetó con firmeza entre sus dedos. La pálida luz titiló sobre un rostro medio escondido bajo el ala del sombrero de gánster. A sus pies, los manuscritos de toda una vida se hallaban empapados de gasolina, al igual que el suelo, los surtidores y su propia gabardina. El aire, recargado de aquel aroma dulzón, le oprimía el cuerpo con fuerza.

Una última mirada hacia el interior de la cabina de pago le bastó para confirmar que el empleado de la gasolinera continuaba ensimismado con el teletienda. Aunque, llegados a este punto, hasta la presencia de las cámaras de vigilancia le traían sin cuidado.

Una voz rugió frente a él:

—No lo hará. Necesitamos más escritores como usted, de los que lo dan todo por un buen relato. —Era la intimidante voz del Presidente.

En los lugares más insospechados, rodeado de las volutas de humo azuladas que exhalaba su puro, el Presidente se aparecía ofreciéndole una pluma dorada y un montón de papeles listos para ser utilizados.

Igual que ahora mismo.

El escritor alargó la mano y comprobó aliviado cómo la pluma se transformaba en un cigarrillo que se llevó a los labios con avidez. Cerró los ojos para saborear la primera bocanada. Para cuando los abrió el Presidente seguía allí. Al igual que el resto de historias que querían ser escritas.

El viejo cura negaba en silencio con la cabeza, reprochándole su falta de iniciativa. Paquita, la dulce anciana, extendía sus brazos hacia él invitándolo a practicar unos pasitos de ballet. La viuda Douglas, con su pelo enmarañado, parecía amenazarle con un martillo. Aunque él sabía que lo usaría para destrozar algún armario porque sólo buscaba unos centavos más para el té de la tarde.

—¡Dejadme en paz! —Su grito pareció atravesarles como si estuvieran hechas de ideas.

Entonces, Susana, con sus rígidos movimientos, se abrió paso entre los asistentes. Aún se podía ver la pequeña crisálida alojada dentro de su nariz.

—Pero ¿no era este tu sueño, encontrar historias que poder escribir? —le preguntó—. Creí que te haríamos feliz.

—Lo era. —El escritor bajó la mirada hacia los manuscritos que yacían inertes sobre el suelo. La cerilla se consumía rápidamente. Apenas le quedaba tiempo para decidir qué hacer con ella—. Antes mis historias eran frías y planas. Me hacían mal escritor. ¡Claro que deseaba encontraros! Todas vosotras sois estupendas, en serio. Originales, redondas, llenas de giros inesperados de esos que sorprenden al lector. Pero yo quería encontraros, no que me buscarais, que me persiguierais, que me acosarais… —El escritor se quitó el sombrero dejando ver una barba descuidada y unos ojos hundidos. Lo arrojó con desgana antes de suspirar—: Esto es demasiado para mí.

Bajó la mano. Aún dudaba entre prender los manuscritos o su propia ropa. Una ola de nerviosismo sacudió las historias. Con él también ellas desaparecerían. Nadie las escribiría jamás.

—¡Va a hacerlo! —gritó horrorizada la chica que se miraba al espejo.

—No permitiré que me haga desaparecer. Al menos yo tengo que sobrevivir; soy el mejor.

El alma del egocéntrico se abalanzó sobre el escritor con la intención de arrebatarle la cerilla. Forcejearon. La llama ondeaba peligrosamente en todas direcciones. El resto de historias no dudó en unirse a la batalla. Le tiraban de la ropa. Le golpeaban. El escritor se defendía como podía sabiendo que tenía las de perder. «Quizá sea mejor así», pensó. «Desapareceremos todos juntos y esta pesadilla se habrá terminado».

Simon, el ratón, se encaramó hasta su hombro y le miró como solo el último superviviente puede hacerlo. Luego, simplemente, sopló la cerilla y la apagó. De alguna manera el escritor se sintió reflejado en sus vivarachos ojillos. Entonces lo tuvo claro.

Con una fuerza de voluntad desconocida para él se revolvió con brazos y piernas hasta quitárselos de encima. Rápidamente se metió en el coche y arrancó. Pegados a los cristales las historias parecían ahora zombis que ansiaran engullir su cerebro. Apretó a fondo el acelerador tirando el cigarro por la ventanilla.

A través del retrovisor el fuego se propagaba con rapidez por la gasolinera. Las intensas llamaradas consumían las historias que deseaban ser escritas y éstas agonizaban envueltas en un torbellino de letras que volaban hacia el cielo.

Mientras se alejaba, el escritor comenzó a recobrar poco a poco una calma perdida. Exhaló aire muy lentamente, complacido.

—¡Bien hecho, muchacho! —Una voz desconocida proveniente del asiento del copiloto le heló la sangre—. Ahora solo estaremos tú y yo.

 


 

¡Saludos compañeros de letras!

Este mes he querido hacer un pequeño homenaje a todos aquellos que sentís el impulso de escribir, así como a las historias que me han perseguido durante los últimos meses gracias al taller literario de Literautas.

Os dejo los enlaces a las historias que aparecen en el relato por si os apetece pasaros por ellas. No están todas las que han participado pero sí las que más impacto han hecho en mi creatividad. A todas ellas las tengo un gran cariño. (Handle with care, please). 😉

Han actuado por orden de aparición:

Todo por un sueño

El mentiroso

Gastados por los besos

Simon

Metamorphōsis

El doble

Ego me absolvo

No olvidéis dejarme vuestros comentarios. Me encanta conocer vuestra opinión, sobre todo la que es sincera. Así que no os cortéis y despellejad a gusto.

Un fuerte abrazo. ¡Nos leemos!

Jean Ives Thibauth.

 

 

Anuncios

EL REGALO DE ANIVERSARIO

¿Qué será lo que le ponía su madre cada año en el armario que le daba tanto miedo?

En su estrecho y oscuro cuarto el pequeño Marquitos no podía descansar. Miraba de reojo la puerta entreabierta y se arrebujaba entre las sábanas, inquieto. Tiraba tanto de ellas que hasta sentía los pies fríos. En ocasiones, el terror le paralizaba los músculos del cuerpo y, entonces, se decía a sí mismo que no dejaría pasar otro año más sin atreverse a mirar dentro.

Hoy, por fin, el pequeño Marquitos se ha armado de valor y se ha levantado. Desliza sus deditos huesudos entre la rendija y tira con todas sus fuerzas. Al otro lado, junto a su nombre y la fecha de su cumpleaños, tan solo descubre un ramillete de flores marchitas, tan inertes y descoloridas como él.

MAMÍFERO

En la hora más oscura de la noche el olor a sangre y vísceras calientes se mezcló para crear un perfume extraño, animal y primitivo que la asaltó de repente. Solo al escuchar el primer llanto cayó en la cuenta de que aquel era el aroma de la esperanza.

EGO ME ABSOLVO

—Era más simple que un robot de cocina. De esos que solo tienen un botón de encendido y dos velocidades.

Un coro de risitas recorre la sala donde se juzga mi asesinato. Entonces, la muchacha cambia sus tímidos coloretes por una mueca pícara que, poco a poco, se transforma en otra claramente demoníaca. Es justo en ese momento cuando me doy cuenta de quién es.

Reconozco que me sorprende su aspecto. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte, cuarenta años? Y, sin embargo, aún lleva esa falda de colegiala y esas vigorosas trenzas. Diría que a su lado yo he envejecido mucho mejor. Tengo el sabor del vino añejo anegando cada poro de mi piel. Si hago un esfuerzo puedo llegar a recordar su nombre. ¿María? ¿Ángela? ¿…? En realidad, no tiene importancia. Lo que sí la tiene son los buenos ratos que la hice pasar. En su vida se habrá encontrado con mejor amante que yo. Le gustaban los juegos macabros y eso era muy difícil de complacer en aquellos tiempos. También entonces ponía esa cara de viciosa.

—Nunca he tenido un amante más patético. Da igual lo que hiciéramos. Él siempre buscaba cualquier excusa para mirarse a un espejo.

El juez recibe muy serio la información. Parece un Papá Noel que no se cree las mentiras que le cuenta el niño que tiene en sus rodillas.

Lo que no entiendo es por qué me ha matado. Solo fue una más en mi camino.

El juez escribe algo en un papel mientras la chica abandona la sala. Me asomo por encima de su hombro y puedo leer la palabra «egocéntrico» subrayada tres veces. La silla vacía es ocupada por un hombre de aspecto enfermizo.

—Aunque las croquetas de mi bar recibieron una estrella michelín él siempre decía que estaban rancias —empieza a decir.

¿Este enclenque pudo conmigo? Seguro que me echó un veneno en la bebida porque está visto que no fue cuestión de músculos. Miro mis bíceps y compruebo con satisfacción que la muerte no los ha desmejorado. Los beso y el chasquido hace eco por las paredes.

—Me llamo Rogelio y le serví el tintorro durante sus últimos treinta años.

¡Ajá! Éste ha sido mi asesino. Sin lugar a dudas. A pesar de que le pagaría buenos dineros por su mejor bodega me ha estado envenenando con semejante bazofia.

—Nunca me dejó propina y jamás invitó a los parroquianos a una ronda.

El juez asiente y su larga barba acaricia el papel en el que vuelve a tomar notas. Esta vez escribe «egoísta».

Rogelio se va y entra un cura vestido con vaqueros y chaqueta de pana marrón.

—Jamás ha confesado pecado alguno.

El cura parece de verdad consternado. Y no entiendo por qué. Debería sentirse orgulloso de tener entre sus fieles al devoto perfecto. Si no cometes pecados no tienes que confesarlos.

El juez no dice nada. Solo mira al cura como si ya lo supiera todo. La luz del día comienza a entrar por una ventana y me doy cuenta por primera vez de que su toga es de color blanco.

Esta vez escribe la palabra «ególatra» en el medio del documento, la rodea pintarrajeando unos cuántos círculos desordenados y dibuja un montón de flechas que la apuntan directamente. Luego levanta sus ojos escrutadores y me mira directamente.

Yo me giro pues estoy seguro de que no puede verme. Pero allí no hay nadie. De repente la sala se ha quedado vacía. Esto de la muerte es extraño. No sabría decir en qué momento se marchó la gente. El juez, sin embargo, sigue allí. No mueve ni uno solo de sus músculos. ¿Será verdad que puede verme? Me está empezando a subir un temblor extraño hacia la garganta. ¿Ya sabrá quién me ha matado? Sus ojos parecen viejos, muy viejos y me está mirando directamente a mí. No cabe la menor duda. ¿Seré yo el asesino?

Desde luego él ya tiene su veredicto.

—¿Por qué toda esta gente que no me conoce de nada? ¡Traiga a mis hijos!

—Señor, usted no tiene hijos.

El juez se muestra impasible con mi desconcierto. Tras unos interminables momentos de silencio resopla y pronuncia con voz cansada:

—Está bien, empecemos de nuevo.

La sala, como por arte de magia, se abarrota de ángeles y el juicio es reanudado una vez más.

METAMORPHŌSIS

Publicado en Literautas

Susana esperaba paciente a que aquel insecto saliera de su nariz. Hasta ese momento nadie, aparte del artesano que la había creado, había escarbado tan hondo en su interior. Lo que era sumamente incómodo. A nadie le gusta que irrumpan de esa manera tan descarada en sus entrañas.

Lo había notado cuando ya estaba dentro, despertándola de su letargo. Sabía que tarde o temprano se cansaría de subir y se marcharía, como tantos otros. Pero le hacía tantas cosquillas que no consiguió volver a conciliar el sueño. Eran unas cosquillas tan inocentes e irresistibles como la primera risa de un bebé y, aunque nunca antes lo había hecho, soltó una rotunda carcajada. Su eco se multiplicó por entre los árboles y las piedras del lugar. Escuchar su propia voz le resultó tan extraño que pensó que aquello no había estado bien. Podría estar quebrantando alguna ley.

Así que decidió obligarlo a salir. Cogió todo el aire que pudo reunir en sus rígidos pulmones y lo soltó de golpe, provocando un pequeño tornado que alborotó las hojas que se amontonaban a sus pies.

—¡Eh, que me caigo! —Protestó el insecto. Su voz era joven y alegre.

—Fuera de mi nariz el mundo es mucho más confortable —Le dijo ella de manera neutral. Aunque su rostro era el de una mujer rota por el dolor, era incapaz de sentir enfado, tristeza o felicidad.

—El mundo ahí fuera es maravilloso —corroboró él —. La hierba es de color verde, el cielo es azul, la flor del cerezo blanca…

Susana miró extrañada a su alrededor. Allí todo eran grises. De distintas tonalidades, pero gris, al fin y al cabo. Gris en las piedras, gris en el musgo sobre los árboles, gris en los rostros de la gente que iba y venía. Nubes grises sobre su cabeza. Gris en su piel y en sus ropajes.

El insecto, henchido de emoción, continuó hablando.

—… Los jilgueros se acurrucan en sus cálidos nidos de plumón, los niños corretean detrás de las cometas, los amantes se besan escondidos bajo las buganvillas…

Las imágenes que se proyectaban en la mente de Susana la confundieron más todavía. Su mundo, el único que conocía, eran lágrimas, arrepentimientos y corazones rotos.

—Si es verdad que es tan bonito ¿por qué te quedas conmigo?

El insecto bostezó y contestó:

—Tengo tanto sueño… cuando despierte te lo cuento.

—No, por favor, no te duermas ahora. Cuéntame más cosas —Insistió ella. Pero el insecto se había quedado muy quieto y muy callado.

 

Entonces no le quedó más remedio que esperar. Y mientras esperaba se imaginaba cómo sería el mundo más allá de los muros. El sol se puso esa noche muy despacio, bañando a Susana de reflejos dorados que se estiraban melancólicos hacia el horizonte. Parecía no querer abandonarla. Quizá porque sabía que cuando volviera a visitarla ya no sería la misma. Por el contrario, la luna salió gloriosa, resplandeciente, testigo en primera línea de aquel extraño suceso.

Pero el alba llegó y el insecto no se movía. Y luego volvió la luna. Y volvió el sol. Y aquel mágico vaivén entre el día y la noche se volvió interminable. Susana perdió la esperanza. La certeza de que aquel amigo había muerto apuñaló su corazón. Y se puso triste, muy triste. Por primera vez, su rostro inerte encajaba con sus entrañas. Al contrario de cuando se rio por primera vez, ahora hubiera querido quebrantar todas las leyes para poder llorar.

 

El día que dejó de esperar sintió un cosquilleo en la nariz. Una cabecita se asomó, olfateó la brisa de la mañana, y saludó:

—¡Hola de nuevo!

—Insecto, ¿eres tú? —Susana apenas creía lo que veía. Un sentimiento nuevo comenzó a aflorar en su pecho. Era fuerte y generoso, y pronto se irradió hasta la última pluma de sus alas. —Insecto, ¿me desvelarás ahora los secretos de la vida?

—Espera y verás —le dijo él. Con cierto trabajo salió por fin de su nariz. Estiró las patitas y se desperezó. Pegó un salto al vacío y, ante los ojos de Susana, reveló sus alas recién creadas en una explosión de color que se alejaba dando piruetas.

Sin duda era lo más maravilloso que había contemplado nunca.

Susana notó entonces cómo unas gotas rodaban por su mejilla. Enormes lagrimones mojaban su eterno rostro de piedra. Había quebrantado por fin todas las leyes. Y no le importó. Se sentía tan feliz que no le preocupó ser la primera estatua funeraria con sentimientos de carne y hueso.

EL MENTIROSO

Publicado en Literautas

—Perdóneme Padre, porque he pecado.

Don Anselmo se sacudió nervioso el barro que tenía en la suela de los zapatos. A través de la rejilla pudo reconocer la voz de Tomás, su seminarista modélico.

—Te escucho, hijo.

Al otro lado, el muchacho recorrió la raya de su pantalón con el dedo índice antes de contestar.

—He mentido.

—Entiendo.

—Dije que el domingo iba a ver a la abuela.

—¿Y no fue así?

Tomás no pudo evitar mirar el diccionario de latín que tenía en el regazo. Acarició el marcapáginas que sobresalía. Una sonrisa iluminó su rostro. Pero enseguida, con férrea voluntad, la transformó en un rictus serio.

—No.

—¿Y dónde has estado, Tomás?

Abrió el libro y sacó el marcapáginas. Era una entrada de cine.

—Fui a ver una película.

—…Con Amaro, me imagino.

Tomás se puso colorado. Don Anselmo movía con desaprobación la cabeza de un lado a otro.

—Tomás, sabes que Amaro es como un hijo para mí. No puedo quererlo más. Sin embargo, creo que es tu piedra en el camino. Él solo llegará a ser párroco en una iglesia remota. Tú, sin embargo, tienes cualidades de obispo. —Se contuvo de añadir: «Podrías llegar a Papa. Un Papa que yo habré modelado con mis propias manos».

El muchacho pudo ver en el libro abierto una de las palabras que Amaro le había subrayado: penis. «Objeto de deseo para muchos, causa de pecado para nosotros», había declamado con seriedad desde el púlpito para morir de risa, instantes después, al oír ruidos en la sacristía.

—¿Tomás?

—¿Sí, señor?

—Te he preguntado si tienes otro pecado que confesar. Tengo prisa; la policía quiere hablar conmigo

Don Anselmo tamborileaba sus dedos con impaciencia en algún lugar de la madera. Tomás cogió aire y se lanzó:

—Padre, le he sido infiel a Dios.

Don Anselmo detuvo sus dedos. Los dejó inmóviles en el aire. Parecía que su corazón también se hubiera parado. Ante el silencio del párroco, el muchacho continuó:

—Ya no le amo como amo a Amaro. —El corazón de Don Anselmo volvió a la marcha de un golpe súbito— Creo que lo mejor será dejar el seminario e irme con él.

El párroco necesitaba volver a la vida. Reconducir la situación. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la sotana y secó el sudor de su frente. Un buen director espiritual tenía que estar impecable para reconducir a sus ovejas perdidas. ¡Y la maldita tierra de sus zapatos estaba dejando perdido el suelo del confesionario!

—Hijo mío. El amor al prójimo no es pecado. Es un don que Dios te ha dado. Dudar es parte de la naturaleza humana. Pero hazme caso y sé fuerte. Serás un gran siervo del Señor.

Tomás no escuchaba. En su recuerdo aún emergía Amaro, sosteniendo el diccionario de latín con una mano y un lápiz en la otra, desnudo, con su penis hipnotizándole como un péndulo de feriante. Aquel día casi les pillan en su escondite.

Don Anselmo hizo una pausa en su discurso. Besó la cruz que tenía colgada del cuello e imploró perdón elevando los ojos al cielo. Si quería salir de ésta tendría que sacar la artillería pesada.

—Además, Amaro ya ha tomado su camino. Se ha fugado con la hija del médico. Me ha dejado una carta despidiéndose.

Tomás se incorporó de súbito. Su perfecto flequillo se escapó de detrás de la oreja.

—¡No puede ser verdad! Es…imposible.

—Oh, no te apenes, querido Tomás. Seguro que donde quiera que esté es más feliz que estando encerrado entre estas cuatro paredes. No es un secreto que Amaro se sentía encarcelado. Ser seminarista era para él una opción segura. Pero estarás conmigo en que la hija de un médico le dará una vida más fructífera y… apasionada. Justo lo que él necesita. —Tomás dejó caer el libro. —Lo mejor que podemos hacer es rezar por él.

 

En ese momento, una pareja uniformada entró en la iglesia. La luz del sol se abrió paso entre la fila de bancos. Don Anselmo le dio las últimas instrucciones a su mejor seminarista y salió del confesionario. Guardó su pañuelo y sacó la carta de Amaro.

Junto a ella un trozo de tela negro caía al suelo.

Era el antifaz con el que había ocultado su rostro mientras, con una pala, apretaba la tierra sobre el cuerpo de Amaro. Su hijo, su oveja descarriada, su encarnación del pecado y su mayor obstáculo para entrar, de una vez por todas, por la puerta grande del Vaticano.

SIMON

Publicado en Literautas

Si estás leyendo esto significa que eres el único superviviente y que necesitas conocer el Gran Secreto. Por fin sabrás quién eres. Si mis cálculos son correctos, ahora mismo estarás debajo de la escalera que lleva al desván, o lo que queda de ella. A través de los cristales rotos de la vidriera puedes ver los primeros rayos de sol de la mañana. Son de un naranja intenso y apenas calientan pero qué gratificante es sentirlos de nuevo en la cara, ¿verdad?

Los últimos doce habitantes ya no estamos. Has pasado tu primera noche completamente solo y ahora no sabes si comerte la última ración de los víveres que nos dejó la viuda Douglas antes de morir: una hogaza de pan y un frasco de miel. Te rascas una oreja cuando piensas en ella. Siempre lo haces cuando estás nervioso. Pero hazme caso y no vayas a verla una vez más por muchas tentaciones que te entren. Sabes que su cadáver no es agradable. Ahora mismo los gusanos corroen su dulce cara y sabes que esa imagen te hará vomitar.

Al desván ya no puedes subir, hace mucho que se rompió la escalera. Era muy vieja y su madera no resistió la humedad y las polillas. Aunque la viuda Douglas hacía mucho tiempo que no podía subir a causa de la artritis que carcomía sus huesos. Fue cuando decidió dejarnos los víveres en este hueco tan confortable en el que te encuentras ahora.

Así que lo mejor es que bajes. Junto a la entrada, dos pisos más abajo, aún queda un trozo de espejo en el que te puedes mirar.

Sabes que tienes que andar con cuidado por la casa. La viuda Douglas por fin llegó a la planta baja en su búsqueda de la fortuna del Señor Douglas. Te encontrarás con los agujeros en las paredes por donde entra este frío de invierno, las tuberías arrancadas, los muebles hechos añicos. El dinero estaba escondido por cualquier sitio.

Aún puedes escucharla diciéndote eso de «solo me faltan un par de dólares para el té de esta tarde. Al senador y a su esposa les encantan las pastas con fruta escarchada». Ella, mientras tanto, martilleaba con maestría sobre el cuadro de la cacería para llegar a la pared.

Ahora la casa está toda desmantelada, como su vida social. A última hora sólo pasaban por allí el empleado de correos y el lechero. Ella salía a recibirlos con una media rota y la otra caída hasta el tobillo. Se limpiaba las manos en su mandil para saludarles aunque sólo consiguiera ensuciárselas más. Y ellos contemplaban esas manos negras y el nido de cuervos en el que se había convertido su peinado y retrocedían cautelosos mientras se despedían cortésmente con palabras a medio pronunciar.

Ella nos enseña a leer y a escribir. La paciencia es una de sus mayores virtudes. Después de cenar la acompañábamos a la biblioteca y nos arremolinábamos a su alrededor. Al contrario que a mucha gente, le encantaba que fisgoneáramos el periódico por encima de su hombro. Nos cuidaba como si fuéramos sus hijos. Llegamos a ser tantos que a todas horas se podían oír a los más pequeños correteando por toda la casa. “Mis niños clandestinos”, nos decía.

Fuimos como un regalo para ella porque nos descubrió justo cuando pasó de ser la Señora Douglas a la Viuda Douglas. Te sorprendió husmeando en la cocina. Te persiguió con un martillo en la mano. Tú te refugiaste tras la columna del salón. Ella erró su tiro e hizo un escandaloso boquete en el mármol. Descubrió que estaba hueca, que dentro había un fajo de billetes bien apretados, que estaba salvada de la bancarrota. Entonces te convirtió en su talismán. Te acomodó en el desván, donde nadie podría descubrirnos. Nadie podría entender la extraña alianza que formamos. Ella te llamaba Simon y tú la llamabas Debbie.

Ahora que estás por fin frente al espejo hazme caso y mírate. Dime que ves. ¿Un cuerpo rechoncho, una mirada vivaracha? Sin duda no estás hecho para bailar un tango. Sigue mirando. ¿Orejas grandes, bigote y rabo?

Exacto. Tío Simon, ya ves que eres un pequeño roedor. Y no estás solo. Sal de la mansión Douglas y vente con nosotros. Estaremos encantados de recibirte.