In-adaptados

Nos enviaban de una patada a las duras calles donde, por fin, seríamos hombres de provecho. Ya habíamos cumplido, sentenciaban, mientras abrían con cuidado la pesada verja de hierro. Cuando la cerraran tras nosotros, los privilegios habrían terminado. Afuera, el aire era más frío. La lluvia parecía mojar sin piedad. Nos prestaron un paraguas y se quedaron dudando si se lo devolveríamos. Nosotros pensábamos en los madrugones, en las jornadas de ocho horas y en pagar impuestos. En reinsertarnos en la sociedad. Antes de poner un pie fuera ya sabíamos lo que teníamos que hacer. El paraguas fue el primer protagonista de nuestra nueva oleada de robos.

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