Conspiración

—Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado y aún le dolían las heridas. Entenderá usted por qué tenía que bajarlo.

El inspector observaba la cruz vacía sobre sus cabezas. Los sanitarios, con la camisa de fuerza preparada, esperaban órdenes. Esta vez no hubo pataleos ni gritos cuando se lo llevaron. Se sentía en paz; Jesús nunca estuvo en mejores manos. Lo supo el loco, lo supo el anticuario y también lo supo el inspector de policía al comprobar que, en la mesita de noche de su hija enferma, un montón de billetes había aparecido de la nada. Por fin, el milagro había sido obrado.

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