METAMORPHŌSIS

Publicado en Literautas

Susana esperaba paciente a que aquel insecto saliera de su nariz. Hasta ese momento nadie, aparte del artesano que la había creado, había escarbado tan hondo en su interior. Lo que era sumamente incómodo. A nadie le gusta que irrumpan de esa manera tan descarada en sus entrañas.

Lo había notado cuando ya estaba dentro, despertándola de su letargo. Sabía que tarde o temprano se cansaría de subir y se marcharía, como tantos otros. Pero le hacía tantas cosquillas que no consiguió volver a conciliar el sueño. Eran unas cosquillas tan inocentes e irresistibles como la primera risa de un bebé y, aunque nunca antes lo había hecho, soltó una rotunda carcajada. Su eco se multiplicó por entre los árboles y las piedras del lugar. Escuchar su propia voz le resultó tan extraño que pensó que aquello no había estado bien. Podría estar quebrantando alguna ley.

Así que decidió obligarlo a salir. Cogió todo el aire que pudo reunir en sus rígidos pulmones y lo soltó de golpe, provocando un pequeño tornado que alborotó las hojas que se amontonaban a sus pies.

—¡Eh, que me caigo! —Protestó el insecto. Su voz era joven y alegre.

—Fuera de mi nariz el mundo es mucho más confortable —Le dijo ella de manera neutral. Aunque su rostro era el de una mujer rota por el dolor, era incapaz de sentir enfado, tristeza o felicidad.

—El mundo ahí fuera es maravilloso —corroboró él —. La hierba es de color verde, el cielo es azul, la flor del cerezo blanca…

Susana miró extrañada a su alrededor. Allí todo eran grises. De distintas tonalidades, pero gris, al fin y al cabo. Gris en las piedras, gris en el musgo sobre los árboles, gris en los rostros de la gente que iba y venía. Nubes grises sobre su cabeza. Gris en su piel y en sus ropajes.

El insecto, henchido de emoción, continuó hablando.

—… Los jilgueros se acurrucan en sus cálidos nidos de plumón, los niños corretean detrás de las cometas, los amantes se besan escondidos bajo las buganvillas…

Las imágenes que se proyectaban en la mente de Susana la confundieron más todavía. Su mundo, el único que conocía, eran lágrimas, arrepentimientos y corazones rotos.

—Si es verdad que es tan bonito ¿por qué te quedas conmigo?

El insecto bostezó y contestó:

—Tengo tanto sueño… cuando despierte te lo cuento.

—No, por favor, no te duermas ahora. Cuéntame más cosas —Insistió ella. Pero el insecto se había quedado muy quieto y muy callado.

 

Entonces no le quedó más remedio que esperar. Y mientras esperaba se imaginaba cómo sería el mundo más allá de los muros. El sol se puso esa noche muy despacio, bañando a Susana de reflejos dorados que se estiraban melancólicos hacia el horizonte. Parecía no querer abandonarla. Quizá porque sabía que cuando volviera a visitarla ya no sería la misma. Por el contrario, la luna salió gloriosa, resplandeciente, testigo en primera línea de aquel extraño suceso.

Pero el alba llegó y el insecto no se movía. Y luego volvió la luna. Y volvió el sol. Y aquel mágico vaivén entre el día y la noche se volvió interminable. Susana perdió la esperanza. La certeza de que aquel amigo había muerto apuñaló su corazón. Y se puso triste, muy triste. Por primera vez, su rostro inerte encajaba con sus entrañas. Al contrario de cuando se rio por primera vez, ahora hubiera querido quebrantar todas las leyes para poder llorar.

 

El día que dejó de esperar sintió un cosquilleo en la nariz. Una cabecita se asomó, olfateó la brisa de la mañana, y saludó:

—¡Hola de nuevo!

—Insecto, ¿eres tú? —Susana apenas creía lo que veía. Un sentimiento nuevo comenzó a aflorar en su pecho. Era fuerte y generoso, y pronto se irradió hasta la última pluma de sus alas. —Insecto, ¿me desvelarás ahora los secretos de la vida?

—Espera y verás —le dijo él. Con cierto trabajo salió por fin de su nariz. Estiró las patitas y se desperezó. Pegó un salto al vacío y, ante los ojos de Susana, reveló sus alas recién creadas en una explosión de color que se alejaba dando piruetas.

Sin duda era lo más maravilloso que había contemplado nunca.

Susana notó entonces cómo unas gotas rodaban por su mejilla. Enormes lagrimones mojaban su eterno rostro de piedra. Había quebrantado por fin todas las leyes. Y no le importó. Se sentía tan feliz que no le preocupó ser la primera estatua funeraria con sentimientos de carne y hueso.

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