EL MENTIROSO

Publicado en Literautas

—Perdóneme Padre, porque he pecado.

Don Anselmo se sacudió nervioso el barro que tenía en la suela de los zapatos. A través de la rejilla pudo reconocer la voz de Tomás, su seminarista modélico.

—Te escucho, hijo.

Al otro lado, el muchacho recorrió la raya de su pantalón con el dedo índice antes de contestar.

—He mentido.

—Entiendo.

—Dije que el domingo iba a ver a la abuela.

—¿Y no fue así?

Tomás no pudo evitar mirar el diccionario de latín que tenía en el regazo. Acarició el marcapáginas que sobresalía. Una sonrisa iluminó su rostro. Pero enseguida, con férrea voluntad, la transformó en un rictus serio.

—No.

—¿Y dónde has estado, Tomás?

Abrió el libro y sacó el marcapáginas. Era una entrada de cine.

—Fui a ver una película.

—…Con Amaro, me imagino.

Tomás se puso colorado. Don Anselmo movía con desaprobación la cabeza de un lado a otro.

—Tomás, sabes que Amaro es como un hijo para mí. No puedo quererlo más. Sin embargo, creo que es tu piedra en el camino. Él solo llegará a ser párroco en una iglesia remota. Tú, sin embargo, tienes cualidades de obispo. —Se contuvo de añadir: «Podrías llegar a Papa. Un Papa que yo habré modelado con mis propias manos».

El muchacho pudo ver en el libro abierto una de las palabras que Amaro le había subrayado: penis. «Objeto de deseo para muchos, causa de pecado para nosotros», había declamado con seriedad desde el púlpito para morir de risa, instantes después, al oír ruidos en la sacristía.

—¿Tomás?

—¿Sí, señor?

—Te he preguntado si tienes otro pecado que confesar. Tengo prisa; la policía quiere hablar conmigo

Don Anselmo tamborileaba sus dedos con impaciencia en algún lugar de la madera. Tomás cogió aire y se lanzó:

—Padre, le he sido infiel a Dios.

Don Anselmo detuvo sus dedos. Los dejó inmóviles en el aire. Parecía que su corazón también se hubiera parado. Ante el silencio del párroco, el muchacho continuó:

—Ya no le amo como amo a Amaro. —El corazón de Don Anselmo volvió a la marcha de un golpe súbito— Creo que lo mejor será dejar el seminario e irme con él.

El párroco necesitaba volver a la vida. Reconducir la situación. Sacó un pañuelo de tela del bolsillo de la sotana y secó el sudor de su frente. Un buen director espiritual tenía que estar impecable para reconducir a sus ovejas perdidas. ¡Y la maldita tierra de sus zapatos estaba dejando perdido el suelo del confesionario!

—Hijo mío. El amor al prójimo no es pecado. Es un don que Dios te ha dado. Dudar es parte de la naturaleza humana. Pero hazme caso y sé fuerte. Serás un gran siervo del Señor.

Tomás no escuchaba. En su recuerdo aún emergía Amaro, sosteniendo el diccionario de latín con una mano y un lápiz en la otra, desnudo, con su penis hipnotizándole como un péndulo de feriante. Aquel día casi les pillan en su escondite.

Don Anselmo hizo una pausa en su discurso. Besó la cruz que tenía colgada del cuello e imploró perdón elevando los ojos al cielo. Si quería salir de ésta tendría que sacar la artillería pesada.

—Además, Amaro ya ha tomado su camino. Se ha fugado con la hija del médico. Me ha dejado una carta despidiéndose.

Tomás se incorporó de súbito. Su perfecto flequillo se escapó de detrás de la oreja.

—¡No puede ser verdad! Es…imposible.

—Oh, no te apenes, querido Tomás. Seguro que donde quiera que esté es más feliz que estando encerrado entre estas cuatro paredes. No es un secreto que Amaro se sentía encarcelado. Ser seminarista era para él una opción segura. Pero estarás conmigo en que la hija de un médico le dará una vida más fructífera y… apasionada. Justo lo que él necesita. —Tomás dejó caer el libro. —Lo mejor que podemos hacer es rezar por él.

 

En ese momento, una pareja uniformada entró en la iglesia. La luz del sol se abrió paso entre la fila de bancos. Don Anselmo le dio las últimas instrucciones a su mejor seminarista y salió del confesionario. Guardó su pañuelo y sacó la carta de Amaro.

Junto a ella un trozo de tela negro caía al suelo.

Era el antifaz con el que había ocultado su rostro mientras, con una pala, apretaba la tierra sobre el cuerpo de Amaro. Su hijo, su oveja descarriada, su encarnación del pecado y su mayor obstáculo para entrar, de una vez por todas, por la puerta grande del Vaticano.

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