SIMON

Publicado en Literautas

Si estás leyendo esto significa que eres el único superviviente y que necesitas conocer el Gran Secreto. Por fin sabrás quién eres. Si mis cálculos son correctos, ahora mismo estarás debajo de la escalera que lleva al desván, o lo que queda de ella. A través de los cristales rotos de la vidriera puedes ver los primeros rayos de sol de la mañana. Son de un naranja intenso y apenas calientan pero qué gratificante es sentirlos de nuevo en la cara, ¿verdad?

Los últimos doce habitantes ya no estamos. Has pasado tu primera noche completamente solo y ahora no sabes si comerte la última ración de los víveres que nos dejó la viuda Douglas antes de morir: una hogaza de pan y un frasco de miel. Te rascas una oreja cuando piensas en ella. Siempre lo haces cuando estás nervioso. Pero hazme caso y no vayas a verla una vez más por muchas tentaciones que te entren. Sabes que su cadáver no es agradable. Ahora mismo los gusanos corroen su dulce cara y sabes que esa imagen te hará vomitar.

Al desván ya no puedes subir, hace mucho que se rompió la escalera. Era muy vieja y su madera no resistió la humedad y las polillas. Aunque la viuda Douglas hacía mucho tiempo que no podía subir a causa de la artritis que carcomía sus huesos. Fue cuando decidió dejarnos los víveres en este hueco tan confortable en el que te encuentras ahora.

Así que lo mejor es que bajes. Junto a la entrada, dos pisos más abajo, aún queda un trozo de espejo en el que te puedes mirar.

Sabes que tienes que andar con cuidado por la casa. La viuda Douglas por fin llegó a la planta baja en su búsqueda de la fortuna del Señor Douglas. Te encontrarás con los agujeros en las paredes por donde entra este frío de invierno, las tuberías arrancadas, los muebles hechos añicos. El dinero estaba escondido por cualquier sitio.

Aún puedes escucharla diciéndote eso de «solo me faltan un par de dólares para el té de esta tarde. Al senador y a su esposa les encantan las pastas con fruta escarchada». Ella, mientras tanto, martilleaba con maestría sobre el cuadro de la cacería para llegar a la pared.

Ahora la casa está toda desmantelada, como su vida social. A última hora sólo pasaban por allí el empleado de correos y el lechero. Ella salía a recibirlos con una media rota y la otra caída hasta el tobillo. Se limpiaba las manos en su mandil para saludarles aunque sólo consiguiera ensuciárselas más. Y ellos contemplaban esas manos negras y el nido de cuervos en el que se había convertido su peinado y retrocedían cautelosos mientras se despedían cortésmente con palabras a medio pronunciar.

Ella nos enseña a leer y a escribir. La paciencia es una de sus mayores virtudes. Después de cenar la acompañábamos a la biblioteca y nos arremolinábamos a su alrededor. Al contrario que a mucha gente, le encantaba que fisgoneáramos el periódico por encima de su hombro. Nos cuidaba como si fuéramos sus hijos. Llegamos a ser tantos que a todas horas se podían oír a los más pequeños correteando por toda la casa. “Mis niños clandestinos”, nos decía.

Fuimos como un regalo para ella porque nos descubrió justo cuando pasó de ser la Señora Douglas a la Viuda Douglas. Te sorprendió husmeando en la cocina. Te persiguió con un martillo en la mano. Tú te refugiaste tras la columna del salón. Ella erró su tiro e hizo un escandaloso boquete en el mármol. Descubrió que estaba hueca, que dentro había un fajo de billetes bien apretados, que estaba salvada de la bancarrota. Entonces te convirtió en su talismán. Te acomodó en el desván, donde nadie podría descubrirnos. Nadie podría entender la extraña alianza que formamos. Ella te llamaba Simon y tú la llamabas Debbie.

Ahora que estás por fin frente al espejo hazme caso y mírate. Dime que ves. ¿Un cuerpo rechoncho, una mirada vivaracha? Sin duda no estás hecho para bailar un tango. Sigue mirando. ¿Orejas grandes, bigote y rabo?

Exacto. Tío Simon, ya ves que eres un pequeño roedor. Y no estás solo. Sal de la mansión Douglas y vente con nosotros. Estaremos encantados de recibirte.

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