LA ÚLTIMA PIEZA

Participante del Concurso de Cuentos de Navidad de Zendalibros

Los americanos siempre aseguran en sus películas que en estas fechas ocurre el milagro de la Navidad. ¡A la mierda con ellos, este maldito puzzle es imposible! Tiene piezas que no encajan en ningún sitio. En buena hora se me ocurrió abrir el regalo de mi suegra, la obsesa de las fotos de familia y los regalos originales. Es curioso, si no fuera porque Nico sale sin los paletos no sabría adivinar de qué año es. En esas fiestas el niño estaba muy contento. Tendría un completo: Papá Noel, los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez.


Lo cierto es que cada vez que levanto la cabeza de la imagen del puzzle a la que tengo delante de las narices me sobreviene un déjà vu mortificante. Mismo mantel con hojas de acebo y sus bolitas rojas, la vajilla cartujana de las ocasiones especiales, candelabros que solo sirven para quitarlos en cuanto empezamos a colocar las fuentes con los langostinos… Luego vendrán los abuelos a decirnos que es una pena que ya no se canten villancicos con los vecinos; mi madre que si sólo voy a comer eso, y mi mujer que no coma tanto, que luego no lo bajo; mi suegro que con unas patatas fritas, un huevo y un chorizo era suficiente cena mientras se mete a paladas en la boca todo lo que le cabe de una sola vez.


Algo va mal. Lo extraño de todo esto es que las piezas que no encajan son las mías. Son tan oscuras y anodinas que no soy capaz de encontrarles su sitio. ¿Quién me mandaría a mí vestir siempre con camisa negra? Eva, sin embargo, está tan guapa como entonces, con su vestido de flores multicolores. Mírala con qué gracia contonea las caderas mientras pone las servilletas. Aún se mira al espejo de reojo para comprobar que no necesita retocar el rojo de sus labios. Aunque no me había fijado que hoy está particularmente seductora. Me levantaría ahora mismo si no fuera que estoy cansado. La estrecharía entre mis brazos si no fuera porque estoy muy gordo y me siento torpe. Le robaría un beso tras la oreja si no fuera que no me apetece levantarme.


Por eso no voy a moverme ahora que han picado a la puerta. Prefiero quedarme aquí, encajando piezas.


Menos mal que Eva ha ido a abrir porque así no se entera de que me está wasapeando Ruth, mi compañera de trabajo. Esta mujer me está tentando desde que descubrió que yo era su amigo invisible, el que le regaló en la última fiesta corporativa aquel picardías de seda negro. Sabe que es mi color favorito. Eva cuchichea entre risas amortiguadas mientras me descargo el archivo adjunto que no tarda en descubrirme a una Ruth estrenando su regalo. Si no fuera porque es Nochebuena me levantaría y me iría a quitárselo con mis propias manos. Si no fuera porque estoy casado dejaría a mi mujer para irme con ella. Si no fuera porque estoy tan a gusto en este sofá me levantaría. Juro que lo haría.


En el tiempo que llevo pensando ya he colocado dos piezas más. No está mal. Parece que todo está encajando al fin.


Eva cierra la puerta y vuelve contoneándose más si cabe retocando la pulcritud de su vestido. Saca el pintalabios de entre su escote y se dispone a aplicarlo, ahora mismo lo tiene todo corrido. Ella no sabe que me he dado cuenta, así que se apresura frente al espejo a limpiarse con un pañuelo que moja con la punta de su lengua.


–¿Quién era? –le pregunto. Me gusta ponerla contra la cuerdas. Noto cómo le sube un rojo nervioso a las mejillas.

–La vecina, que me ha traído unos turrones caseros.

–¿Y se los ha vuelto a llevar?


Cuando estás casado durante largos años no hace falta discutir para descubrir la verdad. Sólo un tonto seguiría preguntando. Un tonto bastante desesperado que buscaría en cada respuesta un final diferente. Pero yo no soy de esos, sólo soy el tipo al que le falta la última maldita pieza y no la encuentra por ningún lado.

Pienso unos segundos intentando respirar con calma. Eva estuvo barriendo hace unos minutos así que ya sé dónde puede estar.


Aunque no quiera me levanto y salgo de casa cerrando la puerta tras de mí. Encuentro la bolsa de la basura apoyada contra la pared a la espera de un alma caritativa que la baje a la calle. La abro y no me hace falta buscar mucho. Allí está, la última pieza. Es oscura y anodina pero puedo ver un botón brillando por el flash de la cámara. Pico a la puerta a pesar de que tengo las llaves en el bolsillo. Eva me abre y su cara es de triunfo, se le da mal disimular. Paso por delante de ella con mi torpeza habitual, aunque reconozco que parezco un niño dando sus primeros pasos.

–Sólo voy a dejar una cosa bien clara –le digo y me acerco al rompecabezas para poner con enorme satisfacción esa última pieza.

Luego, vuelvo sobre mis pasos y salgo de mi vida dejando a una Eva con expresión incrédula que no sabe si cerrar la puerta o dejarla abierta.

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