EL DOBLE

Publicado en Literautas

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte…Lo malo es cuando descubres que en realidad el doble eres tú.

Eso fue lo que me confesó mi propio reflejo la noche del sábado pasado cuando, tambaleándome y muerta de la risa, intentaba desmaquillarme el carísimo rímel con el que me había ligado a un par de tíos buenos. Aunque solo tenía a uno de los dos, al rubio, esperándome en la cama.
Ella me miraba muy seria. Esos enormes ojos color miel parecían esconder un gran secreto, aquel que estaba a punto de ser desvelado.
–No quiero ser tu doble. Necesito vivir mi propia vida. No quiero estar atada a la tuya.
–¿Acaso me estás diciendo que mi vida es una mierda? –le contesté un poco ofendida.
–A mí no me gusta.
–Pues, chica, ya me dirás qué tiene de malo. Estás buenísima, aún no has cumplido los treinta, puedes comer todo lo que quieras sin engordar…Y con “comer todo lo que quieras”, ya sabes a lo que me refiero… –Y le guiñé un ojo. Ella no río como yo esperaba, se limitó a suspirar lánguidamente y a poner ojillos de cachorro. ¡La muy tonta se me había enamorado!.
–Necesito tu ayuda. –Comenzó a pedir.
–¿Ayuda? –Aquello no me gustaba nada. Aún tenía ojos de panda pero comencé a alejarme del espejo.
–Por favor, ayúdame a salir de aquí.
–¡Ni hablar! –le grité–. Sin tí no sería más que un vampiro. Moriría si no puedo verme en un espejo.
Ella se puso muy seria antes de reprocharme:
–Al menos morirías.
Me alejé de allí tan rápido como pude. Lo mejor sería hundir mi nariz en aquellos vigorosos pectorales que me esperaban y olvidarme de aquella horrible mujer.

Los próximos días me los pasé mirándome en todos los espejos que me encontraba. Estando sobria ella no podía hablarme, así que si la mantenía ocupada imitando todos mis gestos y mis movimientos no tendría tiempo de elaborar algún plan para deshacerse de mí.
Pero también me preguntaba de quién narices se había enamorado. Últimamente mi lista de amantes se estaba haciendo muy larga. A algunos los recordaba vagamente por el olor de su perfume o el tamaño de sus pies. Pero ninguno había dejado semejante huella. Al menos para mí…

Pero hoy es sábado de nuevo y estoy lista para ir de cacería. No quiero seguir pensando en ella.
Mi amiga ha encontrado un garito nuevo al que acuden los jugadores del Real Madrid. Hoy mi vestido es más ceñido y mis botas más altas.
Bajamos por las escaleras y nos dan la bienvenida un número infinito de espejos que nos rodean por todos los ángulos. Las luces y la gente bailando se reflejan de manera tan vertiginosa que creo que me están empezando a marear. Aunque igual es el Martini que nos tomamos durante la cena.
Comienzo a bailar y parece que todos aquellos espejos se ponen a dar vueltas. Y allí está ella, sonriendo con descaro al camarero del sombrero de cowboy. ¡Dios mio! ¿ese es?. El tío es tan feo que me están entrando náuseas. Náuseas de verdad. Tendré que ir al baño. Enseguida.

–¡Hola! –Me saluda muy sonriente en cuanto nos quedamos a solas–. ¿Sabes? Ya no me haces falta. He averiguado cómo librarme de ti.
La risa que de repente sale de mi pecho es una carcajada franca, llena de razón.
–¿Tú? ¿Sola? No me hagas reir.
–Aquí hay mucha gente borracha. Así que puedes creerme cuando te digo que he conseguido reclutar a un pequeño ejército.
Otra vez una risa incontenible rebota por las paredes de aquel baño.
–¡Qué ilusa! –Le suelto.
De manera decidida salgo del baño, cojo una silla de los reservados y comienzo a romper cristales. Yo veo como ella salta de uno a otro, huyendo. La música se para, y la gente empieza a arremolinarse a mi alrededor. He de darme prisa. Uno tras otro van sucumbiendo. El camarero del sombrero de cowboy se acerca a detenerme. Qué bien, justo me tapa el último que me queda. Él cada vez está más cerca, me puedo ver reflejada en sus pupilas.

Entonces el terror comienza a recorrerme la espalda.

Los dobles se miran largamente, satisfechos por haberse encontrado. Tiran de nosotros. No sé de dónde sacan tanta fuerza. Nos acercan hasta dejarnos tan pegados que no cabría una hoja de papel entre los dos.

Y yo, sabiéndome perdedora, me deslizo hacia el otro lado mientras ellos dos comienzan a besarse.

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